UN LOBO EN LA OSCURIDAD
Ese sábado de agosto del
2015, Lima, como es usual en esta época del año, estaba cubierta por oscuros
nubarrones.
En
Miraflores, el tránsito se hacía insoportable por momentos, y el frío se
incrementaba a medida que avanzaba la noche.
En medio
del atasco, se encontraba ‘’François’’ –como le llamaban sus amigos debido a su
voz carrasposa–. Un hombre de cuarenta años, alto y flaco, de mirada retadora
que trataba de endulzar cuando le convenía.
Unos
minutos después aprovechó el avance de los autos para meterse por la primera
calle que encontró, para salir del atolladero.
Se
detuvo ante una luz roja, sacó la cabeza por la ventanilla, y se sorprendió al
ver el cielo completamente oscuro, casi negro, como si estuviera a punto de
estallar una tormenta; esa imagen lúgubre le cambió por completo el ánimo.
Prendió el radio para sentirse acompañado, continuó su camino, y avanzó en
busca de pasajeros.
Aunque
era casado, gustaba de entablar conversación con las mujeres que subían a su
taxi, con el fin de conseguir una cita.
Trabajaba de noche, pero de preferencia los fines de semana, días en que
era más fácil encontrar chicas en estado de ebriedad, a quienes llevaba a
lugares oscuros y desolados para abusar de ellas.
A eso de
la media noche, mientras transcurría por la avenida Benavides, divisó a lo
lejos la figura de una mujer, y aceleró para que no fueran a ganarle la
carrera.
Se detuvo
y miró a la joven; en lo primero que se fijó fue en su rostro; le gustaron sus
rasgos finos, pese a que su mirada estaba clavada en el suelo. Vestía un abrigo
de paño negro que ceñía a su cintura con un grueso cinturón, y le caía más abajo
de las rodillas. Lo único que no se encontraba conforme con el atuendo, era el
cabello; estaba tan desordenado, que parecía que se hubiera acabado de
levantar. ‘’François’’ tuvo la impresión de que se trataba de una loca, pero de
inmediato pensó que tal vez solo había sido cosa del viento, y del rato que
llevaría esperando un taxi.
La mujer
levantó la cabeza, y él creyó ver en sus ojos la mirada vidriosa y perdida de
una persona ebria. Presintió que algo andaba mal, pero antes de que pudiera
poner el pie en el acelerador, escuchó la suave voz de la chica:
–Buenas
noches. ¿Cuánto me cobra hasta Chorrillos?
–¿Qué
parte de Chorrillos, señorita? –preguntó a su vez, intentando sonar amable.
–Pasando el cementerio San pedro –el taxista hizo un cálculo mental, y
luego le pidió una cantidad irrisoria, mientras pensaba hacia dónde podría
llevarla para satisfacer sus deseos.
Sin
decir palabra, la mujer subió a la parte posterior del auto.
Mientras
avanzaba, ‘’François’’ intentó mirarla por el espejo retrovisor, lo que fue
notado por ella, que se movió hasta colocarse detrás del chofer.
‘’François’’ intentó hablarle en dos ocasiones, pero no recibió
respuesta.
Un rato
después, cuando circulaban por el frontis del cementerio, ‘’François’’ apretó
el acelerador, lo que fue suficiente para que la mujer comenzara a gritar:
–¡Pare! ¡Aquí me bajo!
–¡Aquí no puedo dejarla, señorita!
–¡Pare! ¡Le digo que pare! –gritaba la mujer fuera de sí. Su voz había
cambiado sorprendentemente; ya no sonaba suave. Ahora parecían aullidos.
‘’François’’ siguió su camino sin hacer caso a los gritos, que iban en
aumento.
Repentinamente, una de las puertas posteriores se abrió, y luego se
cerró con violencia, lo que asustó al taxista, que frenó en seco presagiando lo
peor. Sin pérdida de tiempo bajó del carro para ver qué le había sucedido a su
pasajera, pero no encontró nada pese a mirar por todas partes; era imposible
que hubiera podido bajarse a tal velocidad.
Mientras
se preguntaba qué estaba sucediendo, un taxi que venía atrás se detuvo a su
lado.
–Buenas, amigo, ¿Qué cosa estabas llevando? –preguntó el recién llegado.
–Una
mujer… pero… creo que se bajó –respondió ‘’François’’ con la voz temblorosa.
–¿Una
mujer? Nosotros hemos visto a un perro negro enorme, que salió corriendo de tu
taxi… ¿sí o no? –preguntó a su pasajero, quien se limitó a mover la cabeza
afirmando lo dicho por el chofer.
–¿Están
seguros? ¿No habría pasado por ahí? –preguntó ‘’François’’ muy
nervioso.
–No,
lo vimos clarito saltar y salir corriendo. Primero vimos que la puerta de tu
carro se abrió. Eso nos llamó la atención. Enseguidita nomás vimos que el
animal saltaba y salía corriendo hasta meterse por una calle, donde lo perdimos
de vista –explicó el taxista.
–Pero
no parecía un perro… más bien era como un lobo; yo le vi el hocico largo
–repuso el pasajero.
–Aunque no me crean… yo subí a una señorita, que me dijo que la llevara
pasando el cementerio. Luego se puso a gritar como loca y se tiró del carro… en
fin, mejor me voy para la casa. Hasta luego –dijo ‘’François’’ ante la mirada
incrédula de los hombres, quienes se despidieron y siguieron su camino.
El
hombre buscó un sitio para tomar un trago, y luego se marchó a casa.
A partir
de ese día tomo la determinación de no pasar por el lugar donde había subido a
la extraña mujer.
Varias
semanas después, cuando ya el asunto de la pasajera había quedado en el olvido,
pasó sin percatarse por el lugar… y allí, como si hubiera estado esperándolo,
se encontraba la mujer. Un frío recorrió la espalda de ‘’François’’, quien
intentó calmarse sin conseguirlo. Estaba paralizado ante esa desconcertante presencia,
que lo miraba fijamente, como si lo hubiera reconocido. Quiso apretar el
acelerador, pero fue inútil; experimentaba el mismo terror que había visto
tantas veces en los ojos de las mujeres que había abusado. Por un instante
percibió que podía moverse y quiso poner primera, pero era demasiado tarde;
ante sí tenía un rostro impávido que lo contemplaba como de ultratumba.
Un
fétido olor inundó sus fosas nasales. De pronto, la expresión de la mujer cambió;
su semblante se tensó, como si estuviera a punto de atacarlo; los ojos, ahora
teñidos de rojo, lo miraban con un odio infinito. Intentó retirar el seguro de
su cinturón, pero su cerebro no le respondió debido al terror del que era
presa.
Los
autos que permanecían atrás sin poder avanzar, no paraban de hacer sonar sus
bocinas, pero el taxi no se movía.
Un
policía que pasaba por el lugar se acercó para ver qué le ocurría al chofer.
Cuando pudo verlo, notó que el hombre permanecía inerme en su asiento con la
camisa ensangrentada. La primera idea que se le vino a la mente, era que había
sufrido un asalto para robarle. Lo llamó en varias ocasiones, pero no recibió
respuesta, por lo que optó por retirar de su cinto una linterna para realizar
un reconocimiento más minucioso. Iluminó su rostro, y se quedó pálido ante la
macabra escena; el taxista tenía el cuello desgarrado, como si le hubiesen
infligido una feroz mordida.
MANUEL TEYPER mteyper@hotmail.com
Muy entretenido
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