lunes, 23 de mayo de 2016

UN LOBO EN LA OSCURIDAD
       Ese sábado de agosto del 2015, Lima, como es usual en esta época del año, estaba cubierta por oscuros nubarrones.
       En Miraflores, el tránsito se hacía insoportable por momentos, y el frío se incrementaba a medida que avanzaba la noche.
       En medio del atasco, se encontraba ‘’François’’ –como le llamaban sus amigos debido a su voz carrasposa–. Un hombre de cuarenta años, alto y flaco, de mirada retadora que trataba de endulzar cuando le convenía.
       Unos minutos después aprovechó el avance de los autos para meterse por la primera calle que encontró, para salir del atolladero.
       Se detuvo ante una luz roja, sacó la cabeza por la ventanilla, y se sorprendió al ver el cielo completamente oscuro, casi negro, como si estuviera a punto de estallar una tormenta; esa imagen lúgubre le cambió por completo el ánimo. Prendió el radio para sentirse acompañado, continuó su camino, y avanzó en busca de pasajeros.
       Aunque era casado, gustaba de entablar conversación con las mujeres que subían a su taxi, con el fin de conseguir una cita.
       Trabajaba de noche, pero de preferencia los fines de semana, días en que era más fácil encontrar chicas en estado de ebriedad, a quienes llevaba a lugares oscuros y desolados para abusar de ellas.
       A eso de la media noche, mientras transcurría por la avenida Benavides, divisó a lo lejos la figura de una mujer, y aceleró para que no fueran a ganarle la carrera.
       Se detuvo y miró a la joven; en lo primero que se fijó fue en su rostro; le gustaron sus rasgos finos, pese a que su mirada estaba clavada en el suelo. Vestía un abrigo de paño negro que ceñía a su cintura con un grueso cinturón, y le caía más abajo de las rodillas. Lo único que no se encontraba conforme con el atuendo, era el cabello; estaba tan desordenado, que parecía que se hubiera acabado de levantar. ‘’François’’ tuvo la impresión de que se trataba de una loca, pero de inmediato pensó que tal vez solo había sido cosa del viento, y del rato que llevaría esperando un taxi.
       La mujer levantó la cabeza, y él creyó ver en sus ojos la mirada vidriosa y perdida de una persona ebria. Presintió que algo andaba mal, pero antes de que pudiera poner el pie en el acelerador, escuchó la suave voz de la chica:
          –Buenas noches. ¿Cuánto me cobra hasta Chorrillos?
          –¿Qué parte de Chorrillos, señorita? –preguntó a su vez, intentando sonar amable.
          –Pasando el cementerio San pedro –el taxista hizo un cálculo mental, y luego le pidió una cantidad irrisoria, mientras pensaba hacia dónde podría llevarla para satisfacer sus deseos.
       Sin decir palabra, la mujer subió a la parte posterior del auto.
       Mientras avanzaba, ‘’François’’ intentó mirarla por el espejo retrovisor, lo que fue notado por ella, que se movió hasta colocarse detrás del chofer.
       ‘’François’’ intentó hablarle en dos ocasiones, pero no recibió respuesta.
       Un rato después, cuando circulaban por el frontis del cementerio, ‘’François’’ apretó el acelerador, lo que fue suficiente para que la mujer comenzara a gritar:
          –¡Pare! ¡Aquí me bajo!
          –¡Aquí no puedo dejarla, señorita!
          –¡Pare! ¡Le digo que pare! –gritaba la mujer fuera de sí. Su voz había cambiado sorprendentemente; ya no sonaba suave. Ahora parecían aullidos.
       ‘’François’’ siguió su camino sin hacer caso a los gritos, que iban en aumento.
       Repentinamente, una de las puertas posteriores se abrió, y luego se cerró con violencia, lo que asustó al taxista, que frenó en seco presagiando lo peor. Sin pérdida de tiempo bajó del carro para ver qué le había sucedido a su pasajera, pero no encontró nada pese a mirar por todas partes; era imposible que hubiera podido bajarse a tal velocidad.
       Mientras se preguntaba qué estaba sucediendo, un taxi que venía atrás se detuvo a su lado.
          –Buenas, amigo, ¿Qué cosa estabas llevando?               –preguntó el recién llegado.
          –Una mujer… pero… creo que se bajó –respondió ‘’François’’ con la voz temblorosa.
          –¿Una mujer? Nosotros hemos visto a un perro negro enorme, que salió corriendo de tu taxi… ¿sí o no? –preguntó a su pasajero, quien se limitó a mover la cabeza afirmando lo dicho por el chofer.
          –¿Están seguros? ¿No habría pasado por ahí?              –preguntó ‘’François’’ muy nervioso.
          –No, lo vimos clarito saltar y salir corriendo. Primero vimos que la puerta de tu carro se abrió. Eso nos llamó la atención. Enseguidita nomás vimos que el animal saltaba y salía corriendo hasta meterse por una calle, donde lo perdimos de vista –explicó el taxista.
          –Pero no parecía un perro… más bien era como un lobo; yo le vi el hocico largo –repuso el pasajero.
          –Aunque no me crean… yo subí a una señorita, que me dijo que la llevara pasando el cementerio. Luego se puso a gritar como loca y se tiró del carro… en fin, mejor me voy para la casa. Hasta luego –dijo ‘’François’’ ante la mirada incrédula de los hombres, quienes se despidieron y siguieron su camino.
       El hombre buscó un sitio para tomar un trago, y luego se marchó a casa.
       A partir de ese día tomo la determinación de no pasar por el lugar donde había subido a la extraña mujer.
       Varias semanas después, cuando ya el asunto de la pasajera había quedado en el olvido, pasó sin percatarse por el lugar… y allí, como si hubiera estado esperándolo, se encontraba la mujer. Un frío recorrió la espalda de ‘’François’’, quien intentó calmarse sin conseguirlo. Estaba paralizado ante esa desconcertante presencia, que lo miraba fijamente, como si lo hubiera reconocido. Quiso apretar el acelerador, pero fue inútil; experimentaba el mismo terror que había visto tantas veces en los ojos de las mujeres que había abusado. Por un instante percibió que podía moverse y quiso poner primera, pero era demasiado tarde; ante sí tenía un rostro impávido que lo contemplaba como de ultratumba.    
       Un fétido olor inundó sus fosas nasales. De pronto, la expresión de la mujer cambió; su semblante se tensó, como si estuviera a punto de atacarlo; los ojos, ahora teñidos de rojo, lo miraban con un odio infinito. Intentó retirar el seguro de su cinturón, pero su cerebro no le respondió debido al terror del que era presa.
       Los autos que permanecían atrás sin poder avanzar, no paraban de hacer sonar sus bocinas, pero el taxi no se movía.
       Un policía que pasaba por el lugar se acercó para ver qué le ocurría al chofer. Cuando pudo verlo, notó que el hombre permanecía inerme en su asiento con la camisa ensangrentada. La primera idea que se le vino a la mente, era que había sufrido un asalto para robarle. Lo llamó en varias ocasiones, pero no recibió respuesta, por lo que optó por retirar de su cinto una linterna para realizar un reconocimiento más minucioso. Iluminó su rostro, y se quedó pálido ante la macabra escena; el taxista tenía el cuello desgarrado, como si le hubiesen infligido una feroz mordida. 

MANUEL TEYPER mteyper@hotmail.com

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