miércoles, 18 de mayo de 2016


BREVE SEMBLANZA DE UN PERFECTO DESCONOCIDO

          Mis primeros años en la escuela me permitieron saber que existía un mundo enorme que yo debía conocer… y otras cosas que con el paso de los años han ido quedando en el olvido.

          Las matemáticas me gustaron desde el principio por el reto que significaba buscar las respuestas. A ellas les dediqué largas horas de estudio para descubrir sus secretos, lo que me dio cierta ascendencia entre los chicos, pero sobre todo entre las chicas, e hizo que consiguiera novia pese a mis pocos atributos físicos. Es decir, mientras ellos conseguían novias sin saber la materia, a mí me tocó aprenderla para conseguir novia; el orden de los factores no altera el resultado, diría nuestro profesor.

         Un día nuestra profesora llevó a la clase una cantidad indeterminada de cajitas llenas de lapiceros, reglitas y lápices de colores, y empezó a preguntar la tabla de multiplicar, misma que yo me sabía ‘’al derecho y al revés’’; la cosa era simple: el alumno que contestaba bien, era premiado con una de esas cajitas… pero el desdichado que no, le caía sobre la palma de la mano un reglazo que le hacía ver estrellitas; en esa época la regla, además de tener un valor pedagógico, cumplía otras funciones, digamos, ‘’extracurriculares’’.

         Era una buena oportunidad para enorgullecer a mi abuela con mi talento para las matemáticas.

         Le llegó el turno a nuestra fila en la que yo ocupaba el quinto lugar:

          –¿Cuánto son siete por cinco? –preguntó la profesora con la regla en la mano a la tímida niña del primer asiento.

          –Treinta y siete, profesora.

          –¡Ponga la mano! –el reglazo sonó como el estallido de una bomba.

          Siguiente niño:

          –¿Cuánto son siete por cinco?

          Silencio total.

          –Treinta y cuatro, profesora.

          –¡Ponga la mano!

          Mientras el niño apaciguaba el dolor de su mano frotándola contra el pantalón, la profesora gritaba que toda multiplicación realizada con el número cinco terminaba en cinco o en cero. Yo estaba de acuerdo con ella, pero el terror que inspiraba me iba entumeciendo el cerebro y creo que así estábamos todos.

          –¿Cuánto son siete por cinco? –preguntó al siguiente niño que había escuchado  lo de la terminación en cero.

          –Cuarenta, profesora.

          –¡Ponga la mano!

          –¡¿Es que son brutos?! –se preguntaba la profesora, ya colorada de la rabia. La cosa se estaba poniendo fea. Yo retenía como podía las palabras ‘’treinta y cinco’’, ya convencido de tener entre mis manos la ansiada cajita que correría a mostrarle orgulloso a mi abuela, y a la vez temeroso de que, a última hora, se le ocurriera cambiar la pregunta.

          Penúltimo niño:

          –¿Cuánto son siete por cinco?

          El chico quiso terminar con el suplicio, y respondió sin titubeos:

          –Treinta y siete, profesora.

          –¡Ponga la mano!

          Sin darse tiempo para dar más explicaciones sobre el tema en cuestión, me miró de frente. Ella temblaba de cólera y yo temblaba de miedo. En sus ojos pude adivinar que creía en mí como si yo estuviera predestinado a salvar la patria. Creo que estaba segura de que yo respondería bien, y me pondría como ejemplo.

          –¿Cuánto son siete por cinco?

          El terror se adueñó de mí. La miré como si estuviera ante un espanto. Casi no podía pronunciar palabra debido al tono amenazador, y a la regla que blandía como si fuera un diestro espadachín; era como si se hubiese transformado en una fiera y estuviera a punto de saltarme al cuello. Sólo atiné a balbucear:

      -Treinta y seis, profesora.

      -¡Ponga la mano, carajo!

      Apenas terminé mis estudios de primaria, comprendí lo que antes no veía o no me interesaba; mi familia no contaba con los medios suficientes para darme educación. Eso hizo que comenzara a trabajar de día y estudiar de noche.

     Mis trabajos fueron tan diversos como mal pagados, lo que originó que me pusiera a pensar seriamente si debía dedicar tanto esfuerzo en trabajar. Por suerte recibí el apoyo de mi madre y logré hacer los siguientes tres años de secundaria de día. Para ese momento ya se me habían metido un montón de ideas en la cabeza. La que primó, fue la de viajar; anhelaba conocer el mar. Por eso, con un amigo decidimos que era hora de salir de la fría Bogotá, para calentarnos un poco en Cartagena o en cualquier otro punto de la geografía colombiana que tuviera mar. A los trece años hice aquel primer viaje maravilloso que no solo me hizo conocer el mar, si no que me demostró que podía viajar con poco dinero… y que viajar era mejor que trabajar.

      Aprovechaba las vacaciones para recorrer las carreteras colombianas, tan solo con mi mochila a la espalda.

      En uno de esos viajes me pasó algo que todavía no puedo olvidar: a eso de las siete de la noche llegué a la ciudad de Riohacha. Me instalé en un hotel que carecía de estrellas, y salí a caminar por la ciudad para conocerla mejor, con la idea de ir al día siguiente a la playa. Me habían contado que las arenas eran blancas y limpias, y se podía disfrutar del mar porque sus aguas eran bajas y tranquilas.

          Después de cenar, me senté en un parque a contemplar los autos que pasaban por el lugar, y a niños que jugaban con sus padres.
          Habrían transcurrido unos quince minutos desde el momento que llegué al parque, cuando vi pasar, por segunda ocasión consecutiva, a una camioneta roja, pero ahora a baja velocidad.
          La camioneta avanzó unos quince o veinte metros más allá de donde me encontraba, y frenó bruscamente haciendo que las personas que se encontraban jugando con sus hijos abandonaran el lugar rápidamente; conocían las señales de peligro, y volaban en busca de refugio… señales que yo desconocía.
          Me percaté que algo feo iba a ocurrir, pero permanecí sereno. Pensé en escabullirme, pero ya era demasiado tarde, pues si corría, alguien podría pensar que trataba de escapar porque era culpable de algo, lo que me convertía en candidato a recibir un balazo; en vez de escapar, decidí prepararme para hacer lo que se acostumbra en estos casos: si la policía pregunta, yo no sé nada ni he visto nada, aunque el occiso haya caído a mis pies.
          De la camioneta bajaron dos hombres con armas en las manos. Yo continuaba alerta pero tranquilo porque no tengo enemigos en ningún lugar, menos en una ciudad a la que acababa de llegar.
          Los segundos se me hacían eternos; todo ocurría como en cámara lenta. Yo no movía ni un músculo para que no se les ocurriera pensar ni por casualidad que estaba armado y comenzaran a disparar. La única idea que copaba mi cerebro era la de permanecer estático y tal vez entretenido con algún magnifico suceso que estuviera desarrollándose en el suelo… pero uno de los hombres se me quedó mirando fijamente, lo que me dio los argumentos que necesitaba para comprender que la cosa era conmigo.
          En una fracción de segundo me convertí en un resorte; mis movimientos fueron tan rápidos, que no tuve tiempo ni de pensarlos; mi instinto de conservación me hizo pegar un salto de la banca, lo que fue suficiente para que comenzaran a disparar; escuchaba las balas que pasaban silbando cerca de mi cabeza, y zigzagueaba, como lo había visto hacer en las películas para no ser un blanco fácil.
          La carrera me llevó hasta unos matorrales. Me metí entre ellos, pero descubrí horrorizado que acababa de llegar al otro lado de la calle, donde era más vulnerable. Para empeorar la situación, mis perseguidores estaban a punto de alcanzarme.
          Corrí desesperadamente tres o cuatro cuadras más, mirando hacia todas partes en busca de refugio o de la policía, pero todo lucía desolado. En ese momento vi una luz, y me di cuenta de que se trataba del restaurante donde había cenado minutos antes. No lo pensé dos veces y me metí corriendo; estaba terriblemente asustado. Mi corazón quería salirse de mi pecho a cada golpeteo. Miré en todas direcciones buscando una puerta o ventana por donde escapar, y vi una rejilla de ventilación por la que intenté salir, pero no pude ni intentarlo porque en ese instante llegaron los pistoleros.
          ––¡Salga de ahí o entramos a sacarlo! ––exclamó uno de ellos; pese a la violenta persecución, no entraron a terminar con el pleito; tal vez pensaron que su presa ya no tenía escapatoria.
          Desde mi débil escondite, que en mi desvarío constituía una trinchera inexpugnable, grité:
          ––¡Yo soy de Bogotá! ¡Y no tengo enemigos! –debieron sorprenderse al escuchar que el tono de mi voz no correspondía con el que estaban buscando, porque enseguida repusieron casi a coro:
          ––¡Deme su documento de identidad! ––Ni bien terminó de hablar, ya volaba mi Cédula de Ciudadanía por los aires, yendo a caer cerca de los tipos.
          Inspeccionaron el documento y, entre risas, me dijeron que saliera. Que todo había sido tan solo una equivocación.         
          ––¡Yo soy de Bogotá y no tengo enemigos! ––repetí, para que el mensaje quedara claro.
          ––Ya lo sabemos. Pero entienda que usted se parece demasiado a alguien que andamos buscando para ajustar algunas cuentas. Disculpe.
          ––No se preocupen ––respondí sorprendido por el ofrecimiento de disculpas por parte de quienes, hasta hacía tan solo unos minutos, quisieron darme muerte.
          ––Ya puede salir, amigo. Se han ido ––me dijo el dueño del restaurante––, creo que necesita un café.
          Terminé de beber el café que los colombianos tomamos incluso en vísperas de morir, y salí a la calle para llenar mis pulmones con el aire tibio de la Guajira.
          A la mañana siguiente, apenas salió el sol de su escondite, me despedí de la ciudad de Riohacha sin haber podido conocerla; no quise darle otra oportunidad a la suerte.
       Pese a este y otros inconvenientes que me tocó padecer, seguí viajando. Con la venta de mis poemas pude recorrer Sudamérica, y ahora, con la venta de mis cuentos y relatos, puedo solventar los gastos de mi nueva familia en Perú, en donde estoy desde 1990.
      Escribir me ha dado un motivo más para seguir viviendo, y encontrarme con mis lectores ocasionales, la oportunidad de seguir subsistiendo; por ambas cosas estoy muy agradecido.
MANUEL TEYPER  mteyper@hotmail.com

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