BREVE SEMBLANZA
DE UN PERFECTO DESCONOCIDO
Mis primeros años
en la escuela me permitieron saber que existía un mundo enorme que yo debía
conocer… y otras cosas que con el paso de los años han ido quedando en el
olvido.
Las matemáticas me gustaron desde el
principio por el reto que significaba buscar las respuestas. A ellas les
dediqué largas horas de estudio para descubrir sus secretos, lo que me dio
cierta ascendencia entre los chicos, pero sobre todo entre las chicas, e hizo
que consiguiera novia pese a mis pocos atributos físicos. Es decir, mientras
ellos conseguían novias sin saber la materia, a mí me tocó aprenderla para
conseguir novia; el orden de los factores no altera el resultado, diría nuestro
profesor.
Un día nuestra profesora llevó a la
clase una cantidad indeterminada de cajitas llenas de lapiceros, reglitas y
lápices de colores, y empezó a preguntar la tabla de multiplicar, misma que yo
me sabía ‘’al derecho y al revés’’; la cosa era simple: el alumno que
contestaba bien, era premiado con una de esas cajitas… pero el desdichado que
no, le caía sobre la palma de la mano un reglazo que le hacía ver estrellitas;
en esa época la regla, además de tener un valor pedagógico, cumplía otras
funciones, digamos, ‘’extracurriculares’’.
Era una buena oportunidad para
enorgullecer a mi abuela con mi talento para las matemáticas.
Le llegó el turno a nuestra fila en la
que yo ocupaba el quinto lugar:
–¿Cuánto son siete por cinco? –preguntó
la profesora con la regla en la mano a la tímida niña del primer asiento.
–Treinta y siete, profesora.
–¡Ponga la mano! –el reglazo sonó como el
estallido de una bomba.
Siguiente niño:
–¿Cuánto son siete por cinco?
Silencio total.
–Treinta y cuatro, profesora.
–¡Ponga la mano!
Mientras el niño apaciguaba el dolor
de su mano frotándola contra el pantalón, la profesora gritaba que toda
multiplicación realizada con el número cinco terminaba en cinco o en cero. Yo
estaba de acuerdo con ella, pero el terror que inspiraba me iba entumeciendo el
cerebro y creo que así estábamos todos.
–¿Cuánto son siete por cinco? –preguntó al
siguiente niño que había escuchado lo de
la terminación en cero.
–Cuarenta, profesora.
–¡Ponga la mano!
–¡¿Es que son brutos?! –se preguntaba la
profesora, ya colorada de la rabia. La cosa se estaba poniendo fea. Yo retenía
como podía las palabras ‘’treinta y cinco’’, ya convencido de tener entre mis
manos la ansiada cajita que correría a mostrarle orgulloso a mi abuela, y a la
vez temeroso de que, a última hora, se le ocurriera cambiar la pregunta.
Penúltimo niño:
–¿Cuánto son siete por cinco?
El chico quiso terminar con el
suplicio, y respondió sin titubeos:
–Treinta y siete, profesora.
–¡Ponga la mano!
Sin darse tiempo para dar más
explicaciones sobre el tema en cuestión, me miró de frente. Ella temblaba de
cólera y yo temblaba de miedo. En sus ojos pude adivinar que creía en mí como
si yo estuviera predestinado a salvar la patria. Creo que estaba segura de que
yo respondería bien, y me pondría como ejemplo.
–¿Cuánto son siete por cinco?
El terror se adueñó de mí. La miré
como si estuviera ante un espanto. Casi no podía pronunciar palabra debido al
tono amenazador, y a la regla que blandía como si fuera un diestro espadachín;
era como si se hubiese transformado en una fiera y estuviera a punto de
saltarme al cuello. Sólo atiné a balbucear:
-Treinta y seis, profesora.
-¡Ponga la mano, carajo!
Apenas terminé mis estudios de primaria,
comprendí lo que antes no veía o no me interesaba; mi familia no contaba con
los medios suficientes para darme educación. Eso hizo que comenzara a trabajar
de día y estudiar de noche.
Mis trabajos fueron tan diversos como mal
pagados, lo que originó que me pusiera a pensar seriamente si debía dedicar
tanto esfuerzo en trabajar. Por suerte recibí el apoyo de mi madre y logré
hacer los siguientes tres años de secundaria de día. Para ese momento ya se me
habían metido un montón de ideas en la cabeza. La que primó, fue la de viajar;
anhelaba conocer el mar. Por eso, con un amigo decidimos que era hora de salir
de la fría Bogotá, para calentarnos un poco en Cartagena o en cualquier otro
punto de la geografía colombiana que tuviera mar. A los trece años hice aquel
primer viaje maravilloso que no solo me hizo conocer el mar, si no que me
demostró que podía viajar con poco dinero… y que viajar era mejor que trabajar.
Aprovechaba las vacaciones para recorrer
las carreteras colombianas, tan solo con mi mochila a la espalda.
En uno de esos viajes me pasó algo que todavía no puedo olvidar: a eso
de las siete de la noche llegué a la ciudad de Riohacha. Me instalé en un hotel
que carecía de estrellas, y salí a caminar por la ciudad para conocerla mejor,
con la idea de ir al día siguiente a la playa. Me habían contado que las arenas
eran blancas y limpias, y se podía disfrutar del mar porque sus aguas eran
bajas y tranquilas.
Después de cenar, me
senté en un parque a contemplar los autos que pasaban por el lugar, y a niños
que jugaban con sus padres.
Habrían transcurrido
unos quince minutos desde el momento que llegué al parque, cuando vi pasar, por
segunda ocasión consecutiva, a una camioneta roja, pero ahora a baja velocidad.
La camioneta avanzó
unos quince o veinte metros más allá de donde me encontraba, y frenó
bruscamente haciendo que las personas que se encontraban jugando con sus hijos
abandonaran el lugar rápidamente; conocían las señales de peligro, y volaban en
busca de refugio… señales que yo desconocía.
Me percaté que algo feo
iba a ocurrir, pero permanecí sereno. Pensé en escabullirme, pero ya era
demasiado tarde, pues si corría, alguien podría pensar que trataba de escapar
porque era culpable de algo, lo que me convertía en candidato a recibir un
balazo; en vez de escapar, decidí prepararme para hacer lo que se acostumbra en
estos casos: si la policía pregunta, yo no sé nada ni he visto nada, aunque el
occiso haya caído a mis pies.
De la camioneta bajaron
dos hombres con armas en las manos. Yo continuaba alerta pero tranquilo porque
no tengo enemigos en ningún lugar, menos en una ciudad a la que acababa de
llegar.
Los segundos se me
hacían eternos; todo ocurría como en cámara lenta. Yo no movía ni un músculo
para que no se les ocurriera pensar ni por casualidad que estaba armado y
comenzaran a disparar. La única idea que copaba mi cerebro era la de permanecer
estático y tal vez entretenido con algún magnifico suceso que estuviera
desarrollándose en el suelo… pero uno de los hombres se me quedó mirando
fijamente, lo que me dio los argumentos que necesitaba para comprender que la
cosa era conmigo.
En una fracción de
segundo me convertí en un resorte; mis movimientos fueron tan rápidos, que no
tuve tiempo ni de pensarlos; mi instinto de conservación me hizo pegar un salto
de la banca, lo que fue suficiente para que comenzaran a disparar; escuchaba
las balas que pasaban silbando cerca de mi cabeza, y zigzagueaba, como lo había
visto hacer en las películas para no ser un blanco fácil.
La carrera me llevó hasta unos
matorrales. Me metí entre ellos, pero descubrí horrorizado que acababa de
llegar al otro lado de la calle, donde era más vulnerable. Para empeorar la
situación, mis perseguidores estaban a punto de alcanzarme.
Corrí desesperadamente tres o cuatro cuadras
más, mirando hacia todas partes en busca de refugio o de la policía, pero todo
lucía desolado. En ese momento vi una luz, y me di cuenta de que se trataba del
restaurante donde había cenado minutos antes. No lo pensé dos veces y me metí
corriendo; estaba terriblemente asustado. Mi corazón quería salirse de mi pecho
a cada golpeteo. Miré en todas direcciones buscando una puerta o ventana por
donde escapar, y vi una rejilla de ventilación por la que intenté salir, pero
no pude ni intentarlo porque en ese instante llegaron los pistoleros.
––¡Salga de ahí o
entramos a sacarlo! ––exclamó uno de ellos; pese a la violenta persecución, no
entraron a terminar con el pleito; tal vez pensaron que su presa ya no tenía
escapatoria.
Desde mi débil
escondite, que en mi desvarío constituía una trinchera inexpugnable, grité:
––¡Yo soy de Bogotá! ¡Y
no tengo enemigos! –debieron sorprenderse al escuchar que el tono de mi voz no
correspondía con el que estaban buscando, porque enseguida repusieron casi a
coro:
––¡Deme su documento de
identidad! ––Ni bien terminó de hablar, ya volaba mi Cédula de Ciudadanía por
los aires, yendo a caer cerca de los tipos.
Inspeccionaron el
documento y, entre risas, me dijeron que saliera. Que todo había sido tan solo
una equivocación.
––¡Yo soy de Bogotá y
no tengo enemigos! ––repetí, para que el mensaje quedara claro.
––Ya lo sabemos. Pero
entienda que usted se parece demasiado a alguien que andamos buscando para
ajustar algunas cuentas. Disculpe.
––No se preocupen
––respondí sorprendido por el ofrecimiento de disculpas por parte de quienes,
hasta hacía tan solo unos minutos, quisieron darme muerte.
––Ya puede salir,
amigo. Se han ido ––me dijo el dueño del restaurante––, creo que necesita un
café.
Terminé de beber el
café que los colombianos tomamos incluso en vísperas de morir, y salí a la
calle para llenar mis pulmones con el aire tibio de la Guajira.
A la mañana siguiente,
apenas salió el sol de su escondite, me despedí de la ciudad de Riohacha sin
haber podido conocerla; no quise darle otra oportunidad a la suerte.
Pese a este y otros
inconvenientes que me tocó padecer, seguí viajando. Con la venta de mis poemas
pude recorrer Sudamérica, y ahora, con la venta de mis cuentos y relatos, puedo
solventar los gastos de mi nueva familia en Perú, en donde estoy desde 1990.
Escribir me ha dado un
motivo más para seguir viviendo, y encontrarme con mis lectores ocasionales, la
oportunidad de seguir subsistiendo; por ambas cosas estoy muy agradecido.
MANUEL
TEYPER mteyper@hotmail.com
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