lunes, 23 de mayo de 2016

UN LOBO EN LA OSCURIDAD
       Ese sábado de agosto del 2015, Lima, como es usual en esta época del año, estaba cubierta por oscuros nubarrones.
       En Miraflores, el tránsito se hacía insoportable por momentos, y el frío se incrementaba a medida que avanzaba la noche.
       En medio del atasco, se encontraba ‘’François’’ –como le llamaban sus amigos debido a su voz carrasposa–. Un hombre de cuarenta años, alto y flaco, de mirada retadora que trataba de endulzar cuando le convenía.
       Unos minutos después aprovechó el avance de los autos para meterse por la primera calle que encontró, para salir del atolladero.
       Se detuvo ante una luz roja, sacó la cabeza por la ventanilla, y se sorprendió al ver el cielo completamente oscuro, casi negro, como si estuviera a punto de estallar una tormenta; esa imagen lúgubre le cambió por completo el ánimo. Prendió el radio para sentirse acompañado, continuó su camino, y avanzó en busca de pasajeros.
       Aunque era casado, gustaba de entablar conversación con las mujeres que subían a su taxi, con el fin de conseguir una cita.
       Trabajaba de noche, pero de preferencia los fines de semana, días en que era más fácil encontrar chicas en estado de ebriedad, a quienes llevaba a lugares oscuros y desolados para abusar de ellas.
       A eso de la media noche, mientras transcurría por la avenida Benavides, divisó a lo lejos la figura de una mujer, y aceleró para que no fueran a ganarle la carrera.
       Se detuvo y miró a la joven; en lo primero que se fijó fue en su rostro; le gustaron sus rasgos finos, pese a que su mirada estaba clavada en el suelo. Vestía un abrigo de paño negro que ceñía a su cintura con un grueso cinturón, y le caía más abajo de las rodillas. Lo único que no se encontraba conforme con el atuendo, era el cabello; estaba tan desordenado, que parecía que se hubiera acabado de levantar. ‘’François’’ tuvo la impresión de que se trataba de una loca, pero de inmediato pensó que tal vez solo había sido cosa del viento, y del rato que llevaría esperando un taxi.
       La mujer levantó la cabeza, y él creyó ver en sus ojos la mirada vidriosa y perdida de una persona ebria. Presintió que algo andaba mal, pero antes de que pudiera poner el pie en el acelerador, escuchó la suave voz de la chica:
          –Buenas noches. ¿Cuánto me cobra hasta Chorrillos?
          –¿Qué parte de Chorrillos, señorita? –preguntó a su vez, intentando sonar amable.
          –Pasando el cementerio San pedro –el taxista hizo un cálculo mental, y luego le pidió una cantidad irrisoria, mientras pensaba hacia dónde podría llevarla para satisfacer sus deseos.
       Sin decir palabra, la mujer subió a la parte posterior del auto.
       Mientras avanzaba, ‘’François’’ intentó mirarla por el espejo retrovisor, lo que fue notado por ella, que se movió hasta colocarse detrás del chofer.
       ‘’François’’ intentó hablarle en dos ocasiones, pero no recibió respuesta.
       Un rato después, cuando circulaban por el frontis del cementerio, ‘’François’’ apretó el acelerador, lo que fue suficiente para que la mujer comenzara a gritar:
          –¡Pare! ¡Aquí me bajo!
          –¡Aquí no puedo dejarla, señorita!
          –¡Pare! ¡Le digo que pare! –gritaba la mujer fuera de sí. Su voz había cambiado sorprendentemente; ya no sonaba suave. Ahora parecían aullidos.
       ‘’François’’ siguió su camino sin hacer caso a los gritos, que iban en aumento.
       Repentinamente, una de las puertas posteriores se abrió, y luego se cerró con violencia, lo que asustó al taxista, que frenó en seco presagiando lo peor. Sin pérdida de tiempo bajó del carro para ver qué le había sucedido a su pasajera, pero no encontró nada pese a mirar por todas partes; era imposible que hubiera podido bajarse a tal velocidad.
       Mientras se preguntaba qué estaba sucediendo, un taxi que venía atrás se detuvo a su lado.
          –Buenas, amigo, ¿Qué cosa estabas llevando?               –preguntó el recién llegado.
          –Una mujer… pero… creo que se bajó –respondió ‘’François’’ con la voz temblorosa.
          –¿Una mujer? Nosotros hemos visto a un perro negro enorme, que salió corriendo de tu taxi… ¿sí o no? –preguntó a su pasajero, quien se limitó a mover la cabeza afirmando lo dicho por el chofer.
          –¿Están seguros? ¿No habría pasado por ahí?              –preguntó ‘’François’’ muy nervioso.
          –No, lo vimos clarito saltar y salir corriendo. Primero vimos que la puerta de tu carro se abrió. Eso nos llamó la atención. Enseguidita nomás vimos que el animal saltaba y salía corriendo hasta meterse por una calle, donde lo perdimos de vista –explicó el taxista.
          –Pero no parecía un perro… más bien era como un lobo; yo le vi el hocico largo –repuso el pasajero.
          –Aunque no me crean… yo subí a una señorita, que me dijo que la llevara pasando el cementerio. Luego se puso a gritar como loca y se tiró del carro… en fin, mejor me voy para la casa. Hasta luego –dijo ‘’François’’ ante la mirada incrédula de los hombres, quienes se despidieron y siguieron su camino.
       El hombre buscó un sitio para tomar un trago, y luego se marchó a casa.
       A partir de ese día tomo la determinación de no pasar por el lugar donde había subido a la extraña mujer.
       Varias semanas después, cuando ya el asunto de la pasajera había quedado en el olvido, pasó sin percatarse por el lugar… y allí, como si hubiera estado esperándolo, se encontraba la mujer. Un frío recorrió la espalda de ‘’François’’, quien intentó calmarse sin conseguirlo. Estaba paralizado ante esa desconcertante presencia, que lo miraba fijamente, como si lo hubiera reconocido. Quiso apretar el acelerador, pero fue inútil; experimentaba el mismo terror que había visto tantas veces en los ojos de las mujeres que había abusado. Por un instante percibió que podía moverse y quiso poner primera, pero era demasiado tarde; ante sí tenía un rostro impávido que lo contemplaba como de ultratumba.    
       Un fétido olor inundó sus fosas nasales. De pronto, la expresión de la mujer cambió; su semblante se tensó, como si estuviera a punto de atacarlo; los ojos, ahora teñidos de rojo, lo miraban con un odio infinito. Intentó retirar el seguro de su cinturón, pero su cerebro no le respondió debido al terror del que era presa.
       Los autos que permanecían atrás sin poder avanzar, no paraban de hacer sonar sus bocinas, pero el taxi no se movía.
       Un policía que pasaba por el lugar se acercó para ver qué le ocurría al chofer. Cuando pudo verlo, notó que el hombre permanecía inerme en su asiento con la camisa ensangrentada. La primera idea que se le vino a la mente, era que había sufrido un asalto para robarle. Lo llamó en varias ocasiones, pero no recibió respuesta, por lo que optó por retirar de su cinto una linterna para realizar un reconocimiento más minucioso. Iluminó su rostro, y se quedó pálido ante la macabra escena; el taxista tenía el cuello desgarrado, como si le hubiesen infligido una feroz mordida. 

MANUEL TEYPER mteyper@hotmail.com

domingo, 22 de mayo de 2016

EN LA BOCA DEL LOBO

EN LA BOCA DEL LOBO
     La leve llovizna que acrecentaba el frío aquella tarde de domingo, hace ya tanto tiempo, caía sobre tres jinetes elegantemente vestidos que llegaron al Distrito de Ocobamba en busca de Tadea Vilches, una joven de veintidós años que solo se comunicaba en quechua, y que había nacido con el don natural de la sanación.
     Tadea era una mujer de contextura delgada y estatura baja. Tenía los ojos marrones y pequeños, piel trigueña y larga cabellera negra que su madre trenzaba diariamente. No solo sabía leer las hojas de coca, sino que conocía, sin que nadie le hubiese enseñado, el nombre de las plantas curativas. Muchas personas, no solo del Distrito de Ocobamba ––que para 1920, año en que se desarrollaron los acontecimientos, pertenecía a la provincia de Andahuaylas, Departamento de Apurímac––, sino de toda la región, llegaban hasta su casa con el fin de que atendiera sus males. Los que podían, pagaban con frutos o animales.
     Uno de los jinetes preguntó al primer poblador que vio, en donde vivía Tadea. El hombre se quedó mudo al ver que portaban pistolas y fusiles máuser, lo que le hizo pensar lo peor. Luego dijo con la voz temblorosa:
        ––No, patroncito, no conozco.
        ––No te preocupes, no queremos hacerle daño. Hemos venido para pedirle un favor.
     El lugareño, tal vez por el miedo a las represalias y ante la idea de que con su ayuda o sin ella darían con el paradero de Tadea, levantó automáticamente la mano para señalar un punto:
        ––Sigan de frente. Cuando lleguen a la esquina, volteen a mano izquierda. Dos cuadras más allá hay una casa blanca. Ahí vive la señorita Tadea.
     En minutos estuvieron en la casa que buscaban. Uno de ellos se apeó de su caballo y tocó la puerta.
     Dentro, la familia se encontraba sumida en el desconsuelo debido a la desaparición de Augusto, uno de los hermanos mayores de Tadea.
     La puerta se abrió, y ante ellos apareció un hombre afable que los saludó respetuosamente. Era Bonifacio, el padre de Tadea, quien se sobresaltó al ver a los hombres fuertemente armados, y montando caballos grandes y demasiado finos para la región.
        ––Buenas tardes. Venimos de parte de nuestro patrón. Está muy enfermo. Como sé que aquí vive una joven que sabe curar, quiero pedirle el favor de que haga algo por él.
     Bonifacio se quedó pensando unos segundos. Se fijó en el caballo adicional que habían traído los visitantes, y se dio cuenta de que su hija tendría que ir hasta donde se encontraba el enfermo, cosa que le inquietaba.
        ––Metan sus caballos a la caballeriza y entren a la casa, así podemos hablar mejor ––pidió el padre de familia, siendo obedecido en silencio.
        ––¿Y dónde está su patrón? ––preguntó Bonifacio.
        ––No le vamos a mentir, señor, está muy lejos de aquí, a tres días a caballo, más o menos. No se preocupe por su hija, la cuidaremos muy bien y la traeremos de vuelta sin novedad ––dijo el que parecía ser el jefe del grupo.
        ––Me disculpará, pero no puedo permitir que mi hija viaje en compañía de unos desconocidos, sabe Dios hasta dónde ––respondió Bonifacio muy preocupado, sin poder ignorar las armas que ostentaban. Solo atinó a llamar su hija que se encontraba en otro ambiente. Cuando apareció Tadea, los hombres se pusieron de pie, y la saludaron respetuosamente, lo que fue notado con agrado por Bonifacio.
        ––Señorita Tadea ––comenzó a decir el que parecía ser el jefe––, hemos venido de muy lejos para verla. Nuestro patrón, que está muy enfermo, nos ha enviado a buscarla. Nos ha ordenado que la cuidemos con nuestra vida, y así lo haremos si acepta venir con nosotros.
        ––¿Y qué garantía tenemos de que regresará bien, señor? ––preguntó Bonifacio.
        ––La garantía es ésta ––manifestó el portavoz, colocando sobre una mesa una bolsa llena de monedas de oro––, es todo lo que tenemos, aparte de nuestra palabra y la de nuestro patrón. No se preocupe, le pagaremos muy bien.
        ––¡No es el por el dinero, señor! ––Exclamó Bonifacio, y continuó sin esperar respuesta––. Tadea, tú decides si deseas ir con estos señores. Si no, espero que lo entiendan.
        ––Quiero ir, taytacha. Si me necesitan, tengo el deber de ir ––dijo Tadea con seguridad. Algo en su interior le decía que debía hacer ese viaje a toda costa.
        ––Gracias, señorita. Aliste lo que necesite porque debemos salir de inmediato ––dijo el hombre.
        ––Quiero ir con mi hija ––manifestó Bonifacio sin convicción; sabía que no podía dejar sola a su familia.
        ––No es posible, señor ––respondió el vocero. Bonifacio se quedó en silencio, ensimismado en sus pensamientos. Estaba desesperado por la desaparición de su hijo Augusto, y ahora tenía que soportar que su hija se marchara con unos desconocidos. Se persignó y pidió a Dios que nada les ocurriera.    
     Cerca de las cinco de la tarde emprendieron el viaje. Salieron de Ocobamba ––que se alza a tres mil metros de altura en la cordillera de los Andes––, bordearon el rio Apurímac, se adentraron en la espesura, y comenzaron a recorrer trochas inusuales para los viajeros, hasta que llegaron a lo que hoy es el Distrito de Talavera de la Reyna, en el Departamento de Andahuaylas. En ese punto Tadea se asustó. Algo le avisó que nunca debió aceptar ir con esos extraños. Sus acompañantes notaron su nerviosismo, y decidieron acampar. Prepararon un lugar para que Tadea descansara, y le dieron de comer. Se conducían de un modo tan respetuoso con ella, que lograron que se calmara y olvidara sus temores.
     Tres días después llegaron a una hacienda emplazada en una zona recóndita y de difícil acceso, de la selva peruana. Tadea se sorprendió por el lujo de la hacienda, pero más al notar que los sirvientes caminaban con la cabeza gacha, y que ni siquiera parecieran tener derecho a saludar a los visitantes.
     Apenas ingresó fue presentada ante el patrón, un hombre de contextura gruesa en el que resaltaba su densa y tupida barba negra. Su camisa estaba empapada de sudor, y temblaba presa de los escalofríos.
        ––Buenos días, señor ––saludó con timidez Tadea.
        ––Buenas, Tadea. Gracias por venir. Hace algunas semanas me comencé a sentir mal, pero no le hice caso. Ahora me siento demasiado débil y me duele todo el cuerpo ––dijo el patrón balbuceando.
        ––Haré todo lo que pueda, señor ––anunció Tadea con los brazos cruzados, en señal de preocupación. Era notable el mal estado en el que se encontraba el hombre.
     Cuando el patrón se durmió, Tadea pasó sus manos sobre él, sin tocarlo. De inmediato tomó, de las innumerables plantas y preparados que había llevado consigo, un frasco que contenía un líquido verdoso.
        ––Es necesario que desnuden al patrón de la cintura para arriba ––pidió a las mujeres que la acompañaban.
     En segundos le quitaron la camisa y lo dejaron boca arriba sin que diera señales de despertar. Tadea mojó sus manos con el líquido verde, y comenzó a pasarlas sobre el vientre del patrón, sin decir palabra.
     Al día siguiente le realizó el mismo tratamiento y le hizo beber un preparado. Diariamente pasó sus manos sobre el enfermo, algunas veces sin tocarlo. Le daba bebedizos que preparaba con las plantas que había traído de su casa, o de otras que buscaba por la selva, siempre acompañada de hombres armados. Al séptimo día, el patrón hablaba con fluidez y podía comer. Había bajado de peso y se notaba decaído, pero su semblante lucía mejor.
     Al octavo día, el patrón, que no quiso que supiera su nombre, hizo llamar a Tadea y le dijo:
     ––No tengo como agradecerte. Has logrado que me recupere milagrosamente. Puedes llevarte lo que quieras de la hacienda. Incluso puedes pasear a caballo por donde desees, ahora que tienes más tiempo. Solo te pido una cosa: por ningún motivo vayas a entrar a la casa que se encuentra al lado del río. No puedo decirte por qué ––le pidió, señalándole una edificación que se encontraba a unos cien metros de distancia.
     Varios días después, mientras paseaba sola por la hacienda, Tadea no pudo aguantar la curiosidad. Se acercó hasta la casa prohibida y quiso abrir la puerta, pero no lo logró. Se dirigió a la parte posterior, y encontró una puerta pequeña que estaba medio abierta y entró por ella intentando hacer el menor ruido. Cuando estuvo adentro, la rodeó la oscuridad a pesar de que era medio día. Aunque el hedor era insoportable, siguió caminando hasta llegar a una cámara enorme en el que se hallaba lo impensado. Un entumecimiento se apoderó de su cuerpo, y su corazón dio un brinco hasta casi paralizarse por el terror. El temblor incontrolable de sus piernas le impidió salir corriendo del lugar, ante lo que tenía a la vista: en los altos se hallaban unas vigas, de las que descolgaban gruesas sogas amarradas a ganchos, de donde pendían boca abajo veinte o más cadáveres de hombres y mujeres de todas las edades. Tadea no daba crédito a lo que veía. Quiso gritar, pero no pudo, inmovilizada, solo lograba mirar angustiada el terrible panorama: de los cuerpos goteaba un líquido viscoso que escurría por unas canaletas dispuestas en el piso inclinado.
     Presa del pánico y a punto de caer desmayada, hizo un esfuerzo por recuperar el control, y cuando lo consiguió salió del lugar. Caminó desesperada en busca de la salida, caminó por un pasillo, y llegó hasta un gran salón iluminado apenas por la luz de lámparas de kerosene, donde se encontraban tres personas atadas y amordazadas, que sin lugar a dudas correrían el mismo fin. Se detuvo a contemplarlas conmovida, y atinó a desamarrarlas sin pensar en las consecuencias. Aunque se encontraban libres, ninguno podía levantarse pese a que lo intentaban con todas sus fuerzas; era tal el estado en que se encontraban, que era un milagro que estuvieran vivas.
     Tadea se quedó con la boca abierta por el estupor, cuando vio que uno de esos pobres seres humanos que sería sacrificado, quien sabe por qué motivos... era su hermano Augusto. Comenzó a gritar y olvidó por completo que eso la delataría. Minutos después aparecieron los hombres, quienes la llevaron ante la presencia del patrón; contrario a lo que esperaba, ninguno de ellos le gritó ni la trató mal. 
        ––Ya sabes a qué nos dedicamos ––dijo el patrón con calma––. He prometido que no te va a pasar nada, y yo cumplo mi palabra. Te pagaré lo prometido, pero te pido que no digas nada a nadie. Tú, tu hermano y los otros dos serán liberados apenas logren recuperarse. Mis hombres tienen órdenes de acompañarlos hasta que se encuentren a salvo en Ocobamba. Ahora anda a descansar y no te preocupes por nada ––ordenó finalmente el pishtaco.               

miércoles, 18 de mayo de 2016


BREVE SEMBLANZA DE UN PERFECTO DESCONOCIDO

          Mis primeros años en la escuela me permitieron saber que existía un mundo enorme que yo debía conocer… y otras cosas que con el paso de los años han ido quedando en el olvido.

          Las matemáticas me gustaron desde el principio por el reto que significaba buscar las respuestas. A ellas les dediqué largas horas de estudio para descubrir sus secretos, lo que me dio cierta ascendencia entre los chicos, pero sobre todo entre las chicas, e hizo que consiguiera novia pese a mis pocos atributos físicos. Es decir, mientras ellos conseguían novias sin saber la materia, a mí me tocó aprenderla para conseguir novia; el orden de los factores no altera el resultado, diría nuestro profesor.

         Un día nuestra profesora llevó a la clase una cantidad indeterminada de cajitas llenas de lapiceros, reglitas y lápices de colores, y empezó a preguntar la tabla de multiplicar, misma que yo me sabía ‘’al derecho y al revés’’; la cosa era simple: el alumno que contestaba bien, era premiado con una de esas cajitas… pero el desdichado que no, le caía sobre la palma de la mano un reglazo que le hacía ver estrellitas; en esa época la regla, además de tener un valor pedagógico, cumplía otras funciones, digamos, ‘’extracurriculares’’.

         Era una buena oportunidad para enorgullecer a mi abuela con mi talento para las matemáticas.

         Le llegó el turno a nuestra fila en la que yo ocupaba el quinto lugar:

          –¿Cuánto son siete por cinco? –preguntó la profesora con la regla en la mano a la tímida niña del primer asiento.

          –Treinta y siete, profesora.

          –¡Ponga la mano! –el reglazo sonó como el estallido de una bomba.

          Siguiente niño:

          –¿Cuánto son siete por cinco?

          Silencio total.

          –Treinta y cuatro, profesora.

          –¡Ponga la mano!

          Mientras el niño apaciguaba el dolor de su mano frotándola contra el pantalón, la profesora gritaba que toda multiplicación realizada con el número cinco terminaba en cinco o en cero. Yo estaba de acuerdo con ella, pero el terror que inspiraba me iba entumeciendo el cerebro y creo que así estábamos todos.

          –¿Cuánto son siete por cinco? –preguntó al siguiente niño que había escuchado  lo de la terminación en cero.

          –Cuarenta, profesora.

          –¡Ponga la mano!

          –¡¿Es que son brutos?! –se preguntaba la profesora, ya colorada de la rabia. La cosa se estaba poniendo fea. Yo retenía como podía las palabras ‘’treinta y cinco’’, ya convencido de tener entre mis manos la ansiada cajita que correría a mostrarle orgulloso a mi abuela, y a la vez temeroso de que, a última hora, se le ocurriera cambiar la pregunta.

          Penúltimo niño:

          –¿Cuánto son siete por cinco?

          El chico quiso terminar con el suplicio, y respondió sin titubeos:

          –Treinta y siete, profesora.

          –¡Ponga la mano!

          Sin darse tiempo para dar más explicaciones sobre el tema en cuestión, me miró de frente. Ella temblaba de cólera y yo temblaba de miedo. En sus ojos pude adivinar que creía en mí como si yo estuviera predestinado a salvar la patria. Creo que estaba segura de que yo respondería bien, y me pondría como ejemplo.

          –¿Cuánto son siete por cinco?

          El terror se adueñó de mí. La miré como si estuviera ante un espanto. Casi no podía pronunciar palabra debido al tono amenazador, y a la regla que blandía como si fuera un diestro espadachín; era como si se hubiese transformado en una fiera y estuviera a punto de saltarme al cuello. Sólo atiné a balbucear:

      -Treinta y seis, profesora.

      -¡Ponga la mano, carajo!

      Apenas terminé mis estudios de primaria, comprendí lo que antes no veía o no me interesaba; mi familia no contaba con los medios suficientes para darme educación. Eso hizo que comenzara a trabajar de día y estudiar de noche.

     Mis trabajos fueron tan diversos como mal pagados, lo que originó que me pusiera a pensar seriamente si debía dedicar tanto esfuerzo en trabajar. Por suerte recibí el apoyo de mi madre y logré hacer los siguientes tres años de secundaria de día. Para ese momento ya se me habían metido un montón de ideas en la cabeza. La que primó, fue la de viajar; anhelaba conocer el mar. Por eso, con un amigo decidimos que era hora de salir de la fría Bogotá, para calentarnos un poco en Cartagena o en cualquier otro punto de la geografía colombiana que tuviera mar. A los trece años hice aquel primer viaje maravilloso que no solo me hizo conocer el mar, si no que me demostró que podía viajar con poco dinero… y que viajar era mejor que trabajar.

      Aprovechaba las vacaciones para recorrer las carreteras colombianas, tan solo con mi mochila a la espalda.

      En uno de esos viajes me pasó algo que todavía no puedo olvidar: a eso de las siete de la noche llegué a la ciudad de Riohacha. Me instalé en un hotel que carecía de estrellas, y salí a caminar por la ciudad para conocerla mejor, con la idea de ir al día siguiente a la playa. Me habían contado que las arenas eran blancas y limpias, y se podía disfrutar del mar porque sus aguas eran bajas y tranquilas.

          Después de cenar, me senté en un parque a contemplar los autos que pasaban por el lugar, y a niños que jugaban con sus padres.
          Habrían transcurrido unos quince minutos desde el momento que llegué al parque, cuando vi pasar, por segunda ocasión consecutiva, a una camioneta roja, pero ahora a baja velocidad.
          La camioneta avanzó unos quince o veinte metros más allá de donde me encontraba, y frenó bruscamente haciendo que las personas que se encontraban jugando con sus hijos abandonaran el lugar rápidamente; conocían las señales de peligro, y volaban en busca de refugio… señales que yo desconocía.
          Me percaté que algo feo iba a ocurrir, pero permanecí sereno. Pensé en escabullirme, pero ya era demasiado tarde, pues si corría, alguien podría pensar que trataba de escapar porque era culpable de algo, lo que me convertía en candidato a recibir un balazo; en vez de escapar, decidí prepararme para hacer lo que se acostumbra en estos casos: si la policía pregunta, yo no sé nada ni he visto nada, aunque el occiso haya caído a mis pies.
          De la camioneta bajaron dos hombres con armas en las manos. Yo continuaba alerta pero tranquilo porque no tengo enemigos en ningún lugar, menos en una ciudad a la que acababa de llegar.
          Los segundos se me hacían eternos; todo ocurría como en cámara lenta. Yo no movía ni un músculo para que no se les ocurriera pensar ni por casualidad que estaba armado y comenzaran a disparar. La única idea que copaba mi cerebro era la de permanecer estático y tal vez entretenido con algún magnifico suceso que estuviera desarrollándose en el suelo… pero uno de los hombres se me quedó mirando fijamente, lo que me dio los argumentos que necesitaba para comprender que la cosa era conmigo.
          En una fracción de segundo me convertí en un resorte; mis movimientos fueron tan rápidos, que no tuve tiempo ni de pensarlos; mi instinto de conservación me hizo pegar un salto de la banca, lo que fue suficiente para que comenzaran a disparar; escuchaba las balas que pasaban silbando cerca de mi cabeza, y zigzagueaba, como lo había visto hacer en las películas para no ser un blanco fácil.
          La carrera me llevó hasta unos matorrales. Me metí entre ellos, pero descubrí horrorizado que acababa de llegar al otro lado de la calle, donde era más vulnerable. Para empeorar la situación, mis perseguidores estaban a punto de alcanzarme.
          Corrí desesperadamente tres o cuatro cuadras más, mirando hacia todas partes en busca de refugio o de la policía, pero todo lucía desolado. En ese momento vi una luz, y me di cuenta de que se trataba del restaurante donde había cenado minutos antes. No lo pensé dos veces y me metí corriendo; estaba terriblemente asustado. Mi corazón quería salirse de mi pecho a cada golpeteo. Miré en todas direcciones buscando una puerta o ventana por donde escapar, y vi una rejilla de ventilación por la que intenté salir, pero no pude ni intentarlo porque en ese instante llegaron los pistoleros.
          ––¡Salga de ahí o entramos a sacarlo! ––exclamó uno de ellos; pese a la violenta persecución, no entraron a terminar con el pleito; tal vez pensaron que su presa ya no tenía escapatoria.
          Desde mi débil escondite, que en mi desvarío constituía una trinchera inexpugnable, grité:
          ––¡Yo soy de Bogotá! ¡Y no tengo enemigos! –debieron sorprenderse al escuchar que el tono de mi voz no correspondía con el que estaban buscando, porque enseguida repusieron casi a coro:
          ––¡Deme su documento de identidad! ––Ni bien terminó de hablar, ya volaba mi Cédula de Ciudadanía por los aires, yendo a caer cerca de los tipos.
          Inspeccionaron el documento y, entre risas, me dijeron que saliera. Que todo había sido tan solo una equivocación.         
          ––¡Yo soy de Bogotá y no tengo enemigos! ––repetí, para que el mensaje quedara claro.
          ––Ya lo sabemos. Pero entienda que usted se parece demasiado a alguien que andamos buscando para ajustar algunas cuentas. Disculpe.
          ––No se preocupen ––respondí sorprendido por el ofrecimiento de disculpas por parte de quienes, hasta hacía tan solo unos minutos, quisieron darme muerte.
          ––Ya puede salir, amigo. Se han ido ––me dijo el dueño del restaurante––, creo que necesita un café.
          Terminé de beber el café que los colombianos tomamos incluso en vísperas de morir, y salí a la calle para llenar mis pulmones con el aire tibio de la Guajira.
          A la mañana siguiente, apenas salió el sol de su escondite, me despedí de la ciudad de Riohacha sin haber podido conocerla; no quise darle otra oportunidad a la suerte.
       Pese a este y otros inconvenientes que me tocó padecer, seguí viajando. Con la venta de mis poemas pude recorrer Sudamérica, y ahora, con la venta de mis cuentos y relatos, puedo solventar los gastos de mi nueva familia en Perú, en donde estoy desde 1990.
      Escribir me ha dado un motivo más para seguir viviendo, y encontrarme con mis lectores ocasionales, la oportunidad de seguir subsistiendo; por ambas cosas estoy muy agradecido.
MANUEL TEYPER  mteyper@hotmail.com