EN LA BOCA DEL LOBO
La leve llovizna que acrecentaba el frío aquella
tarde de domingo, hace ya tanto tiempo, caía sobre tres jinetes elegantemente
vestidos que llegaron al Distrito de Ocobamba en busca de Tadea Vilches, una
joven de veintidós años que solo se comunicaba en quechua, y que había nacido
con el don natural de la sanación.
Tadea era
una mujer de contextura delgada y estatura baja. Tenía los ojos marrones y
pequeños, piel trigueña y larga cabellera negra que su madre trenzaba
diariamente. No solo sabía leer las hojas de coca, sino que conocía, sin que
nadie le hubiese enseñado, el nombre de las plantas curativas. Muchas personas,
no solo del Distrito de Ocobamba ––que para 1920, año en que se desarrollaron
los acontecimientos, pertenecía a la provincia de Andahuaylas, Departamento de
Apurímac––, sino de toda la región, llegaban hasta su casa con el fin de que
atendiera sus males. Los que podían, pagaban con frutos o animales.
Uno de
los jinetes preguntó al primer poblador que vio, en donde vivía Tadea. El
hombre se quedó mudo al ver que portaban pistolas y fusiles máuser, lo que le
hizo pensar lo peor. Luego dijo con la voz temblorosa:
––No,
patroncito, no conozco.
––No
te preocupes, no queremos hacerle daño. Hemos venido para pedirle un favor.
El
lugareño, tal vez por el miedo a las represalias y ante la idea de que con su
ayuda o sin ella darían con el paradero de Tadea, levantó automáticamente la
mano para señalar un punto:
––Sigan de frente. Cuando lleguen a la
esquina, volteen a mano izquierda. Dos cuadras más allá hay una casa blanca.
Ahí vive la señorita Tadea.
En
minutos estuvieron en la casa que buscaban. Uno de ellos se apeó de su caballo
y tocó la puerta.
Dentro, la familia se encontraba sumida en
el desconsuelo debido a la desaparición de Augusto, uno de los hermanos mayores
de Tadea.
La puerta
se abrió, y ante ellos apareció un hombre afable que los saludó respetuosamente.
Era Bonifacio, el padre de Tadea, quien se sobresaltó al ver a los hombres
fuertemente armados, y montando caballos grandes y demasiado finos para la
región.
––Buenas
tardes. Venimos de parte de nuestro patrón. Está muy enfermo. Como sé que aquí
vive una joven que sabe curar, quiero pedirle el favor de que haga algo por él.
Bonifacio
se quedó pensando unos segundos. Se fijó en el caballo adicional que habían
traído los visitantes, y se dio cuenta de que su hija tendría que ir hasta
donde se encontraba el enfermo, cosa que le inquietaba.
––Metan
sus caballos a la caballeriza y entren a la casa, así podemos hablar mejor ––pidió
el padre de familia, siendo obedecido en silencio.
––¿Y
dónde está su patrón? ––preguntó Bonifacio.
––No
le vamos a mentir, señor, está muy lejos de aquí, a tres días a caballo, más o
menos. No se preocupe por su hija, la cuidaremos muy bien y la traeremos de
vuelta sin novedad ––dijo el que parecía ser el jefe del grupo.
––Me
disculpará, pero no puedo permitir que mi hija viaje en compañía de unos
desconocidos, sabe Dios hasta dónde ––respondió Bonifacio muy preocupado, sin
poder ignorar las armas que ostentaban. Solo atinó a llamar su hija que se
encontraba en otro ambiente. Cuando apareció Tadea, los hombres se pusieron de pie,
y la saludaron respetuosamente, lo que fue notado con agrado por Bonifacio.
––Señorita
Tadea ––comenzó a decir el que parecía ser el jefe––, hemos venido de muy lejos
para verla. Nuestro patrón, que está muy enfermo, nos ha enviado a buscarla.
Nos ha ordenado que la cuidemos con nuestra vida, y así lo haremos si acepta
venir con nosotros.
––¿Y
qué garantía tenemos de que regresará bien, señor? ––preguntó Bonifacio.
––La garantía
es ésta ––manifestó el portavoz, colocando sobre una mesa una bolsa llena de
monedas de oro––, es todo lo que tenemos, aparte de nuestra palabra y la de
nuestro patrón. No se preocupe, le pagaremos muy bien.
––¡No
es el por el dinero, señor! ––Exclamó Bonifacio, y continuó sin esperar
respuesta––. Tadea, tú decides si deseas ir con estos señores. Si no, espero
que lo entiendan.
––Quiero
ir, taytacha. Si me necesitan, tengo el deber de ir ––dijo Tadea con seguridad.
Algo en su interior le decía que debía hacer ese viaje a toda costa.
––Gracias,
señorita. Aliste lo que necesite porque debemos salir de inmediato ––dijo el
hombre.
––Quiero ir con mi hija ––manifestó Bonifacio sin convicción; sabía que
no podía dejar sola a su familia.
––No
es posible, señor ––respondió el vocero. Bonifacio se quedó en silencio,
ensimismado en sus pensamientos. Estaba desesperado por la desaparición de su
hijo Augusto, y ahora tenía que soportar que su hija se marchara con unos
desconocidos. Se persignó y pidió a Dios que nada les ocurriera.
Cerca de
las cinco de la tarde emprendieron el viaje. Salieron de Ocobamba ––que se alza
a tres mil metros de altura en la cordillera de los Andes––, bordearon el rio
Apurímac, se adentraron en la espesura, y comenzaron a recorrer trochas inusuales
para los viajeros, hasta que llegaron a lo que hoy es el Distrito de Talavera
de la Reyna, en el Departamento de Andahuaylas. En ese punto Tadea se asustó.
Algo le avisó que nunca debió aceptar ir con esos extraños. Sus acompañantes
notaron su nerviosismo, y decidieron acampar. Prepararon un lugar para que
Tadea descansara, y le dieron de comer. Se conducían de un modo tan respetuoso
con ella, que lograron que se calmara y olvidara sus temores.
Tres días
después llegaron a una hacienda emplazada en una zona recóndita y de difícil
acceso, de la selva peruana. Tadea se sorprendió por el lujo de la hacienda,
pero más al notar que los sirvientes caminaban con la cabeza gacha, y que ni
siquiera parecieran tener derecho a saludar a los visitantes.
Apenas
ingresó fue presentada ante el patrón, un hombre de contextura gruesa en el que
resaltaba su densa y tupida barba negra. Su camisa estaba empapada de sudor, y
temblaba presa de los escalofríos.
––Buenos
días, señor ––saludó con timidez Tadea.
––Buenas,
Tadea. Gracias por venir. Hace algunas semanas me comencé a sentir mal, pero no
le hice caso. Ahora me siento demasiado débil y me duele todo el cuerpo ––dijo
el patrón balbuceando.
––Haré
todo lo que pueda, señor ––anunció Tadea con los brazos cruzados, en señal de
preocupación. Era notable el mal estado en el que se encontraba el hombre.
Cuando el
patrón se durmió, Tadea pasó sus manos sobre él, sin tocarlo. De inmediato
tomó, de las innumerables plantas y preparados que había llevado consigo, un
frasco que contenía un líquido verdoso.
––Es
necesario que desnuden al patrón de la cintura para arriba ––pidió a las
mujeres que la acompañaban.
En
segundos le quitaron la camisa y lo dejaron boca arriba sin que diera señales
de despertar. Tadea mojó sus manos con el líquido verde, y comenzó a pasarlas
sobre el vientre del patrón, sin decir palabra.
Al día
siguiente le realizó el mismo tratamiento y le hizo beber un preparado. Diariamente
pasó sus manos sobre el enfermo, algunas veces sin tocarlo. Le daba bebedizos
que preparaba con las plantas que había traído de su casa, o de otras que
buscaba por la selva, siempre acompañada de hombres armados. Al séptimo día, el
patrón hablaba con fluidez y podía comer. Había bajado de peso y se notaba
decaído, pero su semblante lucía mejor.
Al octavo
día, el patrón, que no quiso que supiera su nombre, hizo llamar a Tadea y le
dijo:
––No
tengo como agradecerte. Has logrado que me recupere milagrosamente. Puedes
llevarte lo que quieras de la hacienda. Incluso puedes pasear a caballo por
donde desees, ahora que tienes más tiempo. Solo te pido una cosa: por ningún
motivo vayas a entrar a la casa que se encuentra al lado del río. No puedo
decirte por qué ––le pidió, señalándole una edificación que se encontraba a
unos cien metros de distancia.
Varios
días después, mientras paseaba sola por la hacienda, Tadea no pudo aguantar la
curiosidad. Se acercó hasta la casa prohibida y quiso abrir la puerta, pero no
lo logró. Se dirigió a la parte posterior, y encontró una puerta pequeña que
estaba medio abierta y entró por ella intentando hacer el menor ruido. Cuando
estuvo adentro, la rodeó la oscuridad a pesar de que era medio día. Aunque el
hedor era insoportable, siguió caminando hasta llegar a una cámara enorme en el
que se hallaba lo impensado. Un entumecimiento se apoderó de su cuerpo, y su
corazón dio un brinco hasta casi paralizarse por el terror. El temblor incontrolable
de sus piernas le impidió salir corriendo del lugar, ante lo que tenía a la
vista: en los altos se hallaban unas vigas, de las que descolgaban gruesas
sogas amarradas a ganchos, de donde pendían boca abajo veinte o más cadáveres
de hombres y mujeres de todas las edades. Tadea no daba crédito a lo que veía.
Quiso gritar, pero no pudo, inmovilizada, solo lograba mirar angustiada el
terrible panorama: de los cuerpos goteaba un líquido viscoso que escurría por
unas canaletas dispuestas en el piso inclinado.
Presa del
pánico y a punto de caer desmayada, hizo un esfuerzo por recuperar el control,
y cuando lo consiguió salió del lugar. Caminó desesperada en busca de la
salida, caminó por un pasillo, y llegó hasta un gran salón iluminado apenas por
la luz de lámparas de kerosene, donde se encontraban tres personas atadas y
amordazadas, que sin lugar a dudas correrían el mismo fin. Se detuvo a
contemplarlas conmovida, y atinó a desamarrarlas sin pensar en las
consecuencias. Aunque se encontraban libres, ninguno podía levantarse pese a
que lo intentaban con todas sus fuerzas; era tal el estado en que se
encontraban, que era un milagro que estuvieran vivas.
Tadea se
quedó con la boca abierta por el estupor, cuando vio que uno de esos pobres
seres humanos que sería sacrificado, quien sabe por qué motivos... era su
hermano Augusto. Comenzó a gritar y olvidó por completo que eso la delataría. Minutos
después aparecieron los hombres, quienes la llevaron ante la presencia del
patrón; contrario a lo que esperaba, ninguno de ellos le gritó ni la trató mal.
––Ya sabes a qué nos dedicamos ––dijo
el patrón con calma––. He prometido que no te va a pasar nada, y yo cumplo mi
palabra. Te pagaré lo prometido, pero te pido que no digas nada a nadie. Tú, tu
hermano y los otros dos serán liberados apenas logren recuperarse. Mis hombres tienen
órdenes de acompañarlos hasta que se encuentren a salvo en Ocobamba. Ahora anda
a descansar y no te preocupes por nada ––ordenó finalmente el pishtaco.
Que locura los pishtacos, inclyso un general de policía peruana hace poco hizo un anuncio sobre ellos
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