domingo, 22 de mayo de 2016

EN LA BOCA DEL LOBO

EN LA BOCA DEL LOBO
     La leve llovizna que acrecentaba el frío aquella tarde de domingo, hace ya tanto tiempo, caía sobre tres jinetes elegantemente vestidos que llegaron al Distrito de Ocobamba en busca de Tadea Vilches, una joven de veintidós años que solo se comunicaba en quechua, y que había nacido con el don natural de la sanación.
     Tadea era una mujer de contextura delgada y estatura baja. Tenía los ojos marrones y pequeños, piel trigueña y larga cabellera negra que su madre trenzaba diariamente. No solo sabía leer las hojas de coca, sino que conocía, sin que nadie le hubiese enseñado, el nombre de las plantas curativas. Muchas personas, no solo del Distrito de Ocobamba ––que para 1920, año en que se desarrollaron los acontecimientos, pertenecía a la provincia de Andahuaylas, Departamento de Apurímac––, sino de toda la región, llegaban hasta su casa con el fin de que atendiera sus males. Los que podían, pagaban con frutos o animales.
     Uno de los jinetes preguntó al primer poblador que vio, en donde vivía Tadea. El hombre se quedó mudo al ver que portaban pistolas y fusiles máuser, lo que le hizo pensar lo peor. Luego dijo con la voz temblorosa:
        ––No, patroncito, no conozco.
        ––No te preocupes, no queremos hacerle daño. Hemos venido para pedirle un favor.
     El lugareño, tal vez por el miedo a las represalias y ante la idea de que con su ayuda o sin ella darían con el paradero de Tadea, levantó automáticamente la mano para señalar un punto:
        ––Sigan de frente. Cuando lleguen a la esquina, volteen a mano izquierda. Dos cuadras más allá hay una casa blanca. Ahí vive la señorita Tadea.
     En minutos estuvieron en la casa que buscaban. Uno de ellos se apeó de su caballo y tocó la puerta.
     Dentro, la familia se encontraba sumida en el desconsuelo debido a la desaparición de Augusto, uno de los hermanos mayores de Tadea.
     La puerta se abrió, y ante ellos apareció un hombre afable que los saludó respetuosamente. Era Bonifacio, el padre de Tadea, quien se sobresaltó al ver a los hombres fuertemente armados, y montando caballos grandes y demasiado finos para la región.
        ––Buenas tardes. Venimos de parte de nuestro patrón. Está muy enfermo. Como sé que aquí vive una joven que sabe curar, quiero pedirle el favor de que haga algo por él.
     Bonifacio se quedó pensando unos segundos. Se fijó en el caballo adicional que habían traído los visitantes, y se dio cuenta de que su hija tendría que ir hasta donde se encontraba el enfermo, cosa que le inquietaba.
        ––Metan sus caballos a la caballeriza y entren a la casa, así podemos hablar mejor ––pidió el padre de familia, siendo obedecido en silencio.
        ––¿Y dónde está su patrón? ––preguntó Bonifacio.
        ––No le vamos a mentir, señor, está muy lejos de aquí, a tres días a caballo, más o menos. No se preocupe por su hija, la cuidaremos muy bien y la traeremos de vuelta sin novedad ––dijo el que parecía ser el jefe del grupo.
        ––Me disculpará, pero no puedo permitir que mi hija viaje en compañía de unos desconocidos, sabe Dios hasta dónde ––respondió Bonifacio muy preocupado, sin poder ignorar las armas que ostentaban. Solo atinó a llamar su hija que se encontraba en otro ambiente. Cuando apareció Tadea, los hombres se pusieron de pie, y la saludaron respetuosamente, lo que fue notado con agrado por Bonifacio.
        ––Señorita Tadea ––comenzó a decir el que parecía ser el jefe––, hemos venido de muy lejos para verla. Nuestro patrón, que está muy enfermo, nos ha enviado a buscarla. Nos ha ordenado que la cuidemos con nuestra vida, y así lo haremos si acepta venir con nosotros.
        ––¿Y qué garantía tenemos de que regresará bien, señor? ––preguntó Bonifacio.
        ––La garantía es ésta ––manifestó el portavoz, colocando sobre una mesa una bolsa llena de monedas de oro––, es todo lo que tenemos, aparte de nuestra palabra y la de nuestro patrón. No se preocupe, le pagaremos muy bien.
        ––¡No es el por el dinero, señor! ––Exclamó Bonifacio, y continuó sin esperar respuesta––. Tadea, tú decides si deseas ir con estos señores. Si no, espero que lo entiendan.
        ––Quiero ir, taytacha. Si me necesitan, tengo el deber de ir ––dijo Tadea con seguridad. Algo en su interior le decía que debía hacer ese viaje a toda costa.
        ––Gracias, señorita. Aliste lo que necesite porque debemos salir de inmediato ––dijo el hombre.
        ––Quiero ir con mi hija ––manifestó Bonifacio sin convicción; sabía que no podía dejar sola a su familia.
        ––No es posible, señor ––respondió el vocero. Bonifacio se quedó en silencio, ensimismado en sus pensamientos. Estaba desesperado por la desaparición de su hijo Augusto, y ahora tenía que soportar que su hija se marchara con unos desconocidos. Se persignó y pidió a Dios que nada les ocurriera.    
     Cerca de las cinco de la tarde emprendieron el viaje. Salieron de Ocobamba ––que se alza a tres mil metros de altura en la cordillera de los Andes––, bordearon el rio Apurímac, se adentraron en la espesura, y comenzaron a recorrer trochas inusuales para los viajeros, hasta que llegaron a lo que hoy es el Distrito de Talavera de la Reyna, en el Departamento de Andahuaylas. En ese punto Tadea se asustó. Algo le avisó que nunca debió aceptar ir con esos extraños. Sus acompañantes notaron su nerviosismo, y decidieron acampar. Prepararon un lugar para que Tadea descansara, y le dieron de comer. Se conducían de un modo tan respetuoso con ella, que lograron que se calmara y olvidara sus temores.
     Tres días después llegaron a una hacienda emplazada en una zona recóndita y de difícil acceso, de la selva peruana. Tadea se sorprendió por el lujo de la hacienda, pero más al notar que los sirvientes caminaban con la cabeza gacha, y que ni siquiera parecieran tener derecho a saludar a los visitantes.
     Apenas ingresó fue presentada ante el patrón, un hombre de contextura gruesa en el que resaltaba su densa y tupida barba negra. Su camisa estaba empapada de sudor, y temblaba presa de los escalofríos.
        ––Buenos días, señor ––saludó con timidez Tadea.
        ––Buenas, Tadea. Gracias por venir. Hace algunas semanas me comencé a sentir mal, pero no le hice caso. Ahora me siento demasiado débil y me duele todo el cuerpo ––dijo el patrón balbuceando.
        ––Haré todo lo que pueda, señor ––anunció Tadea con los brazos cruzados, en señal de preocupación. Era notable el mal estado en el que se encontraba el hombre.
     Cuando el patrón se durmió, Tadea pasó sus manos sobre él, sin tocarlo. De inmediato tomó, de las innumerables plantas y preparados que había llevado consigo, un frasco que contenía un líquido verdoso.
        ––Es necesario que desnuden al patrón de la cintura para arriba ––pidió a las mujeres que la acompañaban.
     En segundos le quitaron la camisa y lo dejaron boca arriba sin que diera señales de despertar. Tadea mojó sus manos con el líquido verde, y comenzó a pasarlas sobre el vientre del patrón, sin decir palabra.
     Al día siguiente le realizó el mismo tratamiento y le hizo beber un preparado. Diariamente pasó sus manos sobre el enfermo, algunas veces sin tocarlo. Le daba bebedizos que preparaba con las plantas que había traído de su casa, o de otras que buscaba por la selva, siempre acompañada de hombres armados. Al séptimo día, el patrón hablaba con fluidez y podía comer. Había bajado de peso y se notaba decaído, pero su semblante lucía mejor.
     Al octavo día, el patrón, que no quiso que supiera su nombre, hizo llamar a Tadea y le dijo:
     ––No tengo como agradecerte. Has logrado que me recupere milagrosamente. Puedes llevarte lo que quieras de la hacienda. Incluso puedes pasear a caballo por donde desees, ahora que tienes más tiempo. Solo te pido una cosa: por ningún motivo vayas a entrar a la casa que se encuentra al lado del río. No puedo decirte por qué ––le pidió, señalándole una edificación que se encontraba a unos cien metros de distancia.
     Varios días después, mientras paseaba sola por la hacienda, Tadea no pudo aguantar la curiosidad. Se acercó hasta la casa prohibida y quiso abrir la puerta, pero no lo logró. Se dirigió a la parte posterior, y encontró una puerta pequeña que estaba medio abierta y entró por ella intentando hacer el menor ruido. Cuando estuvo adentro, la rodeó la oscuridad a pesar de que era medio día. Aunque el hedor era insoportable, siguió caminando hasta llegar a una cámara enorme en el que se hallaba lo impensado. Un entumecimiento se apoderó de su cuerpo, y su corazón dio un brinco hasta casi paralizarse por el terror. El temblor incontrolable de sus piernas le impidió salir corriendo del lugar, ante lo que tenía a la vista: en los altos se hallaban unas vigas, de las que descolgaban gruesas sogas amarradas a ganchos, de donde pendían boca abajo veinte o más cadáveres de hombres y mujeres de todas las edades. Tadea no daba crédito a lo que veía. Quiso gritar, pero no pudo, inmovilizada, solo lograba mirar angustiada el terrible panorama: de los cuerpos goteaba un líquido viscoso que escurría por unas canaletas dispuestas en el piso inclinado.
     Presa del pánico y a punto de caer desmayada, hizo un esfuerzo por recuperar el control, y cuando lo consiguió salió del lugar. Caminó desesperada en busca de la salida, caminó por un pasillo, y llegó hasta un gran salón iluminado apenas por la luz de lámparas de kerosene, donde se encontraban tres personas atadas y amordazadas, que sin lugar a dudas correrían el mismo fin. Se detuvo a contemplarlas conmovida, y atinó a desamarrarlas sin pensar en las consecuencias. Aunque se encontraban libres, ninguno podía levantarse pese a que lo intentaban con todas sus fuerzas; era tal el estado en que se encontraban, que era un milagro que estuvieran vivas.
     Tadea se quedó con la boca abierta por el estupor, cuando vio que uno de esos pobres seres humanos que sería sacrificado, quien sabe por qué motivos... era su hermano Augusto. Comenzó a gritar y olvidó por completo que eso la delataría. Minutos después aparecieron los hombres, quienes la llevaron ante la presencia del patrón; contrario a lo que esperaba, ninguno de ellos le gritó ni la trató mal. 
        ––Ya sabes a qué nos dedicamos ––dijo el patrón con calma––. He prometido que no te va a pasar nada, y yo cumplo mi palabra. Te pagaré lo prometido, pero te pido que no digas nada a nadie. Tú, tu hermano y los otros dos serán liberados apenas logren recuperarse. Mis hombres tienen órdenes de acompañarlos hasta que se encuentren a salvo en Ocobamba. Ahora anda a descansar y no te preocupes por nada ––ordenó finalmente el pishtaco.               

1 comentario:

  1. Que locura los pishtacos, inclyso un general de policía peruana hace poco hizo un anuncio sobre ellos

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